El fenómeno del populismo:

Una conceptualización y algunos ejemplos históricos

 

The populist phenomenon:

A conceptualization and some historical examples

 

Amanda de la Caridad Collada Barbán[1]

Resumen

En el siglo XXI ha cobrado fuerza el uso del término populismo para definir líderes y movimientos de todo el espectro político, de izquierda a derecha, que han comenzado a emerger con fuerza a partir de un proceso paulatino de erosión de la democracia liberal como modelo político dominante, especialmente a partir de la crisis de 2008. En otras palabras, se ha convertido en un gran paraguas donde se incluyen figuras tan distintas entre sí como Hugo Chávez, Vladimir Putin, Juan Domingo Perón o Donald Trump. Si bien estos líderes comparten rasgos y características comunes, no se pueden ignorar las profundas diferencias que hacen que sea válido preguntarse si es posible encasillarlos juntos. El objetivo de este ensayo reflexivo es conceptualizar el populismo mediante un análisis comparativo de casos históricos.

Palabras clave: derecha, democracia, izquierda, liberalismo, populismo.

Abstract

During XXI century has been gaining strength to use the term populism to describe leaders and movements from across the political spectrum from left to right who have begun to emerge strongly since economic crisis of 2008. In other words, it has become a that include personalities like Hugo Chavez, Vladimir Putin, Juan Domingo Peron o Donald Trump. If it´s true that they share several traits and common characteristics we can´t ignore deep differences that made it valid to ask if it’s possible to bring them together in this term. The objective of this reflective essay is to conceptualize populism through a comparative analysis of historical cases.

Keywords: right, democracy, left, liberalism, populism.

Definiendo populismo: algunos ejemplos históricos

Actualmente, es común escuchar el término populismo como insulto en el momento de referirse a determinadas fuerzas o personalidades políticas. Se ha abusado de esta palabra al punto que se ha acabo distorsionando su significado, lo que, unido a que de por sí es un concepto muy ambiguo, termina haciendo extremadamente complicado definirlo. Entender el populismo es fundamental para comprender las dinámicas políticas actuales, ya que:

“[…] El populismo, concepto ambivalente, proclive a todo tipo de distorsiones tanto por los discursos de la izquierda como de la derecha y frecuentemente embozado por el ruido mediático, ha venido a ocupar un lugar central en el vocabulario y debate político más actual […] las luchas por la hegemonía política, en las que se pone en juego la articulación de una unidad política y de una voluntad general, consisten en construir y disputar las palabras con las que se nombra y se piensa el mundo. El populismo es una de ellas […]”. (Fernández Lira, 2016, contraportada)

En ese contexto, se pueden hacer las siguientes preguntas: ¿es una ideología o una forma de construcción política? ¿Es correcto incluir en un mismo grupo a líderes latinoamericanos izquierdistas como Hugo Chávez y Evo Morales con los nuevos partidos de extrema derecha en Europa o con una figura como Donald Trump en los Estados Unidos? ¿Es correcto hablar de populismo de derecha y de izquierda?2 La naturaleza misma del populismo hace que los escritos teóricos redactados desde lo interno sean prácticamente nulos al no ser necesarios, ya que su base se mueve más por lo emocional que por lo racional, llevando a que sean en su mayor parte pensadores externos los que hayan teorizado sobre este concepto. Por su parte, Zanatta (2014) lo define como una visión del mundo en la que el pueblo es un conjunto unitario e indivisible, y que a veces desemboca en fenómenos totalitarios. Por otro lado, para Finchelstein (2017):

[…] el populismo es una forma autoritaria de democracia. Definida históricamente, prospera en contextos de crisis política real o imaginaria donde se presenta como la anti política. Afirma que desarrolla actividades políticas manteniéndose al margen del proceso político […]. (p. 16)

Por su parte, Canovan (1981) presenta siete características esenciales y divide el populismo en agrario y político. Entre las características que propone se encuentra su surgimiento en un mundo agrario con dificultades a la hora de enfrentar la modernización; estos sectores rurales ven su ideología y forma de vida amenazados por las élites industriales y financieras, así como la búsqueda de revitalizar los valores tradicionales en una sociedad cambiante. También plantea la creencia de que la opinión mayoritaria de la gente es controlada por una minoría elitista, la premisa de que la virtud reside en la gente simple y sus tradiciones, la concepción de que la voluntad de la gente como tal es suprema por sobre cualquier otro criterio y, finalmente, el apoyo de las clases obreras y campesinas con la salvedad de que este no es resultado del poder organizativo autónomo de ninguno de estos sectores. En estos primeros trabajos, Canovan (1981), más que proponer un concepto, crea una especie de guía sobre una serie de movimientos heterogéneos que son llamados populistas pero cuya diversidad dificulta redactar una definición precisa.

Un caso temprano de populismo agrario que usa de ejemplo son los Naródnik de la Rusia de los años sesenta y setenta del siglo XIX, aunque este fue un movimiento surgido y con más apoyo entre la intelectualidad que entre el campesinado ruso de la época. Estos veían en las antiguas asambleas populares, denominadas mir, la forma ideal de gobierno y, en el mundo rural y la clase campesina con sus tradiciones, el modelo de sociedad. Entonces, la división que hace entre populismo agrario y político simplifica mucho el fenómeno. ¿No tenían acaso los movimientos populistas agrarios también un carácter político como es el caso del People’s Party en Estados Unidos? ¿Eran realmente diferentes en su esencia los discursos y su modelo de movilización?

Laclau (2016), por su parte, define el populismo de la siguiente manera:

[…] El populismo no es una ideología sino un modo de construcción de lo político que se basa en dividir a la sociedad en dos y apelar a la movilización de “los de abajo” contra el poder existente. Hay populismo cada vez que el orden social es vivido como esencialmente injusto y que se apela a la construcción de un nuevo sujeto de la acción colectiva –⁠el pueblo ⁠– capaz de reconfigurar ese orden en sus fundamentos mismos. Sin construcción y totalización de una nueva voluntad colectiva global, no hay populismo […]. (p. 151)  

Rosanvallon (2020), en su libro El siglo del populismo, plantea el siguiente concepto:

[…] Dentro de este marco, definiremos el populismo como una forma límite del proyecto democrático. Que flanquean otras dos formas límite: la de las democracias mínimas (reducidas a los derechos humanos y a la elección de los dirigentes) y la de las democracias esencialistas definidas por la instalación de un poder-sociedad encargado de edificar el bien […]. (p. 19)

También define lo que considera cinco rasgos esenciales y definitorios populismo: el concepto de pueblo-uno, la preferencia por la democracia directa y polarizada, el ideal de representación hombre-pueblo, el nacional-proteccionismo en lo económico y un régimen de pasiones y emociones. Todos los autores anteriores coinciden de una forma u otra en la presencia de esas características, aunque sin profundizar en ellas de la misma manera.

Respecto al primer elemento, hay que tener claro cómo definen los populistas lo que es el pueblo. Aunque las democracias, en sí mismas, no deberían ser otra cosa que la expresión de la voluntad de este, siempre ha existido un fuerte debate sobre quiénes forman parte y qué grado de participación y poder en el mundo político debe otorgárseles. Existen dos maneras principales de definir lo que es pueblo: como un cuerpo cívico, que es la visión típica del liberalismo y ve en el proceso electoral el punto culminante; y, por otra parte, como cuerpo social, visión de predominante en la izquierda, que se refiere a las clases populares.

El discurso populista, al dividir la sociedad entre un pueblo virtuoso y una casta o élite corrupta, está eliminando un elemento esencial de los primeros partidos obreros y del marxismo: la lucha de clases. La adaptación por parte de determinadas fuerzas de izquierda a esta realidad puede llevar a afirmar que:

[…] en el presente asistimos a una reivindicación franca del populismo por parte de partidos y movimientos que viniendo de la extrema izquierda buscan romper con el discurso político de los primeros partidos obreros (la lucha de clases) y la llamada nueva izquierda (las guerras culturales) para atrincherarse dentro de la democracia en un espacio político que ya no les resulta ventajoso ordenar en izquierda y derecha, sino que buscan estructurar como arriba y abajo, siendo sus categorías fundamentales las de oligarquía o casta (los de arriba) y la de pueblo (los de abajo), el sujeto colectivo moral piedra de toque del populismo […]. (Rivero et al., 2018, p. 24)

Al presentar al pueblo como un todo homogéneo y puro, también rompen con la visión liberal que lo presenta como un cuerpo cívico heterogéneo, integrado por individuos con distintos intereses, lo que deriva en la necesitad de pactar y llegar acuerdos para un funcionamiento sano y efectivo de la democracia. De manera general, se puede decir que los populistas modernos construyen su visión de pueblo en base a una serie de demandas heterogéneas que las fuerzas políticas tradicionales no tienen ni la capacidad ni la intención de resolver y que, además, superan las divisiones de clase y los esquemas tradicionales de la sociedad industrial.

La visión de la democracia que tienen los líderes populistas se basa sobre todo en una reafirmación de la democracia directa y un ataque a las instituciones no electorales, como puede ser el poder judicial, que consideran menos legitimas en lo que sea denominado democracia polarizada. Para ellos, los mecanismos tradicionales de la democracia liberal representativa son una manera de secuestrar la auténtica voluntad popular, de allí que, por ejemplo, le den tanta importancia al referéndum. Este mecanismo actualmente es parte esencial de los programas de partidos como la Agrupación Nacional en Francia o el Partido Socialista Unido de Venezuela.

En Francia, incluso durante el Segundo Imperio Francés de Napoleón III, los referéndums fueron parte esencial de la vida política y un elemento de legitimación del régimen, frenta a los cuales los opositores a este nunca pudieron responder políticamente con efectividad. Dicho período también se caracterizó por los fuertes ataques a la libertad de prensa, los partidos políticos y la subordinación de las instituciones, pues afirmaban que corrompían la opinión pública en un ejemplo de democracia polarizada. El propio Napoleón III afirmó que entre el pueblo y su soberano no hacía falta intermediarios. Actualmente, distintos académicos hablan del Segundo Imperio como democracia iliberal, término que diversos líderes —como Vladimir Putin, quien llamo obsoleta a la ideología liberal, y Viktor Orbán— han adoptado para afirmar que están construyendo una democracia más auténtica, soberana y real.

El otro gran movimiento populista del siglo XIX ocurrió en los Estados Unidos con el Peoples’s Party, el cual reclamó una mayor participación en la elección de funcionarios públicos y la revocación de estos; mayor control de los bancos y los grandes trusts; la implementación de referéndums; y la instauración de la iniciativa legislativa popular. El éxito en este partido en su época lo llevó a aglutinar a gran parte de los granjeros descontentos del Medio Oeste y se convirtió en un digno rival para los dos partidos tradicionales. Su carácter eminentemente agrario y la incapacidad para ampliar su base, sumados a las derrotas electorales de William Jennings Bryan, candidato demócrata que apoyaron, los llevaron a su desaparición. No obstante, gran parte de este programa sería posteriormente recuperado por el progresismo. 

Sin embargo, en el caso norteamericano es posible hablar de populismo desde fechas tan temprana como las décadas de 1820 y 1830 con la figura de Andrew Jackson. Militar de profesión y de orígenes humildes, Jackson contrastaba con la imagen aristocrática e ilustrada de los primeros presidentes. Aunque cuando se presentó por primera vez como candidato ya tenía una fortuna, esclavos y había sido congresista, supo seguir proyectando esa imagen de “hombre de pueblo”. Los manejos de la clase política para “robarle” la elección en 1824 y entregarle la presidencia a John Quincy Adams reforzó este discurso. Ya como presidente, Jackson se opuso a la creación de un nuevo Banco Central, al que veía como un instrumento de dominación de las clases adineradas del noreste; apoyó a los colonos estadounidenses firmando la Indian Removal Act, la cual autorizó el desplazamiento de las tribus indígenas de sus tierras; pidió la abolición del Colegio Electoral; mejoró el sistema de pensiones para veteranos, entre otras medidas. Además, fue en este período cuando ya se generalizó el sufragio masculino blanco, poniendo fin a la época donde solo los grandes propietarios tenían este derecho, así como el control de las asambleas de los partidos o caucus.

Si se quiere tener una imagen de la visión que la élite estadounidense tenía de Jackson, solo hay que ver la asociación que durante la campaña electoral hicieron de el con un burro, “jackass”, o como despectivamente lo llamaban, “King Mob3”. Aunque la democracia jacksoniana fue un ejemplo extremo de democracia solo para blancos, sin este período es imposible comprender el fenómeno del populismo y las características particulares que este adquiere en los Estados Unidos. No es casualidad que uno de los primeros actos de Trump como presidente fue colocar su retrato en la Oficina Oval.

En Latinoamérica, región con una estructura social y económica diferente a las tradicionales de Europa y Norteamérica, con poco desarrollo industrial y una mayor concentración de la propiedad, las formas que toma el discurso populista son diferentes.  Las figuras de Jorge Eliecer Gaitán en Colombia y Juan Domingo Perón en Argentina son de los ejemplos más tempranos y claros en esta región del mundo, donde todavía permanecía intacta en gran parte una estructura feudal en el mundo agrario y la desigualdad entre pueblo y élite era más que acentuada. El discurso anti oligárquico y la distribución, mediante programas sociales y gasto público, de los jugosos beneficios de las exportaciones de materias primas serían características definitorias del populismo latinoamericano.

Si bien Gaitán fue asesinado antes de llegar al poder, Perón sí lo logro este objetivo y desarrolló su proyecto, siendo el primer ejemplo de lo que Rosanvallon (2020) denomina populismo institucionalizado. En un país con las arcas llenas debido a la alta demanda de sus materias primas en plena recuperación de posguerra, no solo llevó adelante ambiciosas reformas, sino que su manera particular de interactuar con las masas cambio la cultura política nacional, dando inició al movimiento que lleva su nombre y abarca desde la izquierda hasta la derecha del espectro político. Estas transformaciones fueron tan fuertes que ni las dictaduras militares que asolaron Argentina desde su derrocamiento pudieron revertirlo.

Otro elemento típico del populismo es la forma en la que concibe la representación popular y el liderazgo, el denominado hombre-pueblo. Al homogenizar la sociedad y, por tanto, la voluntad popular, automáticamente el líder populista pasa a ser simplemente el medio por el cual esta se hace valer, al menos en el discurso. Desde una figura izquierdista como Chávez afirmando que el era un pueblo hasta un personaje como Donald Trump cuando dijo ante sus seguidores que él no era más que su voz, esta modalidad de representación pueblo-hombre es definitoria de los movimientos populistas. Esta es una de las causas por la que el populismo, en determinados contextos, puede conducir a regímenes autocráticos.

En el ámbito económico, los populistas impulsan lo que se ha denominado nacional-proteccionismo. Para entender el apoyo a esta concepción de la economía, se debe entender que para ellos tiene una dimensión mucho más vasta y remite, a la vez, a una concepción de la soberanía y la voluntad política, a una filosofía de la igualdad y a una visión de la seguridad (Rosanvallon, 2020). En el caso europeo, las críticas a los mecanismos supranacionales creados por la Unión Europea y los ataques contra los burócratas de Bruselas, que pisotean la independencia de los estados, han encontrado eco en partidos de todo el espectro político. El Brexit tal vez sea el caso más extremo e ilustrativo de esta visión radicalizada de soberanía, pues solo hay que recordar que el lema de sus partidarios fue Take Back Control, pero la Hungría de Viktor Orbán, por ejemplo, sin salirse del bloque comunitario ha llevado al límite la relación con este debido a sus políticas.      

En la cuestión proteccionista, quizás los Estados Unidos de Trump sean el caso más emblemático debido a los numerosos aranceles y guerras comerciales que inició, aunque no es el único; solo hay que remitirse a las negociaciones entre la Unión Europea y el Mercosur, por dar otro ejemplo, para un Tratado de Libre Comercio y la oposición que esto generó en numerosos sectores políticos.

Aunque en un mundo cada vez más globalizado e interdependiente mantener una oposición aislacionista y proteccionista es no solo complicado, sino incluso contraproducente bajo determinadas circunstancias, la acogida de este tipo de discurso demuestra el malestar de los denominados “perdedores de la globalización”, en especial los sectores de la clase obrera tradicional en Europa y Norteamérica que han visto como las grandes transnacionales se llevaban sus empleos a países con mano de obra más barata y no han podido insertarse en la nueva economía dominada por las finanzas y la tecnología. El fenómeno de la emigración ha entrado también a jugar un papel trascendental en la política y es uno de los puntos donde realmente se puede apreciar una fractura clara entre populismo de derecha y de izquierda; mientras estos últimos tratan de ver la cuestión como un problema humanitario y moral, los primeros lo enfocan desde la seguridad nacional, ya que la identidad y la homogeneidad son esenciales para poder construir una “buena sociedad”.

Para finalizar, es importante comprender, como característica esencial del populismo, el papel que juegan las emociones y es que, como se mencionó, es un movimiento que se aglutina y moviliza más por estas últimas que por un programa político. En general

[…] Podemos distinguir las emociones de posición (el sentimiento de abandono, de ser despreciado), las emociones de intelección (la restauración de una legibilidad del mundo con, por ejemplo, el avance de una visión complotista y el recurso a las fake news) y las emociones de acción (el expulsionismo). La inteligencia de los movimientos populistas está en haber captado, sea intuitivamente, sea explícitamente, el papel cumplido por estas diferentes categorías de emociones. (Rosanvallon, 2020, p. 55)

El caso francés

En pocos países se puede observar el fenómeno populista en la actualidad con las dimensiones y la claridad del caso francés. Este país, con una cultura política donde la movilización popular y el discurso anti elitista son seña de identidad el populismo, tiene terreno fértil para crecer. Ya se vio anteriormente cómo el Segundo Imperio y la figura de Napoleón III poseían rasgos y un discurso que hoy se podrían caracterizar de populistas. Sin embargo, en Francia se puede hablar de populismo desde los tiempos de la Revolución y el Primer Imperio, ya que el bonapartismo4 es, en esencia, populista y ha estado presente en toda la vida política de ese país en mayor o menor medida desde el siglo XIX. La forma de entender y concebir el poder ejecutivo sigue siendo, en esencia, bonapartista, por lo que el concepto de representación hombre-pueblo, como una de las características esenciales del populismo, no le es ajeno a la sociedad francesa.

En la Francia actual conviven desde un partido populista de extrema derecha como la Reagrupación Nacional; una izquierda populista representada por la Francia Insumisa; y movimientos sociales como el de los chalecos amarillos que, teniendo un discurso que se puede definir como populista, carece de una organización y liderazgo centralizados5. Los dos primeros tienen bien marcados los rasgos que se expusieron del populismo y son las muestras más claras en el mundo político francés: ambos utilizan el discurso pueblo contra élite, poseen un estilo de liderazgo fuertemente centralizado en una persona, manejan o manejaron un discurso abiertamente nacionalista, contrario a la OTAN y euroescéptico, que combinan con una visión asistencialista y proteccionista del Estado, además de atacar a los partidos, la prensa tradicional, las instituciones y la clase política en general.

[…] Todo esto toma forma en la denominada política negativa que no es otra cosa que el ideal contra democrático de vigilancia y control de los poderes, pero radicalizándolo y absolutizándolo en forma de rechazo indiscriminado e innegociable. Si la política consiste en proporcionar un lenguaje a lo que viven los individuos, fuerza es constatar que el populismo habla entonces enérgicamente solo la lengua de la repulsa […]. (Rosanvallon, 2020, p. 59)

En el caso de la Reagrupación Nacional, este partido se fundó el 5 de octubre de 1972 en París bajo el nombre de Frente Nacional para la Unidad Francesa. Originalmente estuvo integrado por elementos filofascistas y de extrema derecha, y era un grupo cohesionado alrededor de una fuerte oposición a la figura de Charles de Gaulle. En un principio estuvo muy influido por los sectores provenientes de la Organización del Ejército Secreto, un grupo extremista surgido durante la Guerra de Argelia que se opuso a la decisión de abandonar esa colonia, protagonizando atentados terroristas e incluso intentos de asesinatos contra de Gaulle. Con estos antecedentes y debido al contexto político de la posguerra inmediata, el partido vivió en la marginalidad política durante sus primeros años bajo el liderazgo de Jean-Marine Le Pen. En sus dos primeras elecciones no lograron alcanzar siquiera el 1 % de los votos e incluso tuvieron que enfrentar la escisión del Partido de las Fuerzas Nuevas. Como se puede observar, su base social era muy limitada y restringida a sectores sociales muy específicos; en los sectores populares prácticamente no existía. En sus inicios apostaba por una política económica marcadamente neoliberal y la reducción del Estado, lo cual no es sorprendente si tenemos en cuenta las dinámicas políticas de la época, aunque gran parte de la ideología de la que se nutrió puede rastrearse hasta los nacionalistas franceses del siglo XIX. Entonces, ¿cómo ha logrado convertirse de un partido marginal y rechazado a una de las fuerzas políticas con más peso en el país?

A partir de 1986, donde sorpresivamente el partido logro rozar el umbral del 10 % de los votos, comienza a verse un crecimiento lento pero importante, en parte debido a una estrategia seguida para abrirse y atraer otros sectores de la derecha inicialmente no alineados con el discurso y la política que proponían. Los resultados electorales empezaron a mejorar durante toda la década del ochenta y noventa hasta que, en 2002, por primera vez Le Pen logró llegar a la segunda vuelta. El terremoto político al ver a una figura de estas características estar a un paso de la primera magistratura fue considerable y finalmente el “cordón sanitario” logró mantenerlo fuera del Palacio del Elíseo.

Lo más importante es que este primer momento de éxito no es casualidad: ocurre justo cuando está empezando a dar los primeros pasos la globalización neoliberal y, en Francia, se da un viraje del Partido Socialista al centro y una política de austeridad que lo hacía prácticamente imposible de diferencias de la derecha representada por Los Republicanos. Otros factores a tener en cuenta son la división rural-urbana, el nivel educativo de los votantes y la desigualdad de ingresos, que han dado origen a uno de los períodos de más fuerte polarización política de la historia francesa. Esta polarización, unida a la percepción por las clases populares de que tanto la izquierda como la derecha están igual de comprometidas con el gran capital, hace que estas se dirijan al discurso antisistema que los populistas manejan.

A pesar de que el partido tendría una crisis importante en la primera década del siglo XXI, consiguió sobrevivir y, posteriormente, la crisis del 2008, los cambios introducidos desde 2011 por el nuevo liderazgo de Marine Le Pen para “lavar la imagen del partido” y la crisis migratoria en Europa han contribuido a relanzarlo. Es muy interesante observar los cambios en su base social: por poner un ejemplo, si Jean-Marine Le Pen logró solo el 3 % del voto de la clase trabajadora, estos últimos aportaron el 50 % de los votantes de Marine Le Pen en 2012. El desplazamiento de antiguos bastiones socialistas a feudos de la extrema derecha es un fenómeno muy estudiado, al que se le han achacado como causas el impacto económico y cultural que la globalización tiene en estas.

La Reagrupación Nacional también ha sabido modificar su programa para modernizarlo y hacerlo más aceptable para ciertos grupos sociales; un ejemplo es el de las mujeres. El discurso machista y extremadamente religioso de Jean-Marine Le Pen fue abandonado por uno donde se moderaron posturas en temas como el derecho al aborto y se reconoce la laicidad como seña de identidad del estado francés. Políticamente, este discurso también es muy útil para dirigirlo hacia uno de los principales blancos de ataques de la extrema derecha que son los inmigrantes musulmanes, ya que les proporciona un código para expresar su islamofobia y racismo de una manera “socialmente aceptable” y “políticamente correcta”, como cuando afirman no estar contra la emigración sino contra la emigración que no se “asimila”. Otro de los mayores éxitos políticos de esta formación ha sido precisamente expandir este discurso antinmigrante en mayor o menor medida por todas las demás fuerzas políticas que, de una manera u otra lo han ido aceptando, un ejemplo de esto fueron las declaraciones del ministro del Interior Gerald Darmanin, en las que afirmaba que Le Pen era blando con la emigración. Pero no solo los partidos tradicionales han endurecido su discurso respecto al tema migratoria: ha habido cambios en este sentido incluso en fuerzas de izquierda.

Las posturas euroescépticas también han ido abandonándose y se ha buscado transmitir una imagen mucho más profesional y “normal” del liderazgo de la organización; debido a lo anterior, han rescatado y reafirmado la herencia republicana, Le Pen la denominó nuestra última herencia común e incluso, en cierta medida, se ha reivindicado la figura de Charles de Gaulle, cosa impensable hace unos años. Los resultados son evidentes: tres elecciones presidenciales pasando a segunda ronda, el mayor número de eurodiputados en la representación francesa junto al partido de gobierno y, en 2022, una representación de ochenta y nueve diputados en la Asamblea Nacional. A la pregunta de si esta normalización e institucionalización no lo aleja de sus raíces populistas, la respuesta es negativa, ha sido más un cambio de formas que una remodelación ideológica profunda. Por ejemplo, han dejado en claro que, si bien “creen en el estado de bienestar”, este debe dar preferencia a los nacionales o lo que ellos consideran verdaderos franceses; en otras palabras, lo que ellos definen como pueblo. Igualmente, falta por ver los cambios que vendrán con el nuevo liderazgo terminando décadas de hegemonía de la familia Le Pen.

El partido Francia Insumisa y su líder Jean-Luc Melenchón, por otra parte, representan la deriva populista de determinados sectores izquierdistas que quedaron decepcionados con el movimiento hacia el centro y el neoliberalismo de los partidos socialdemócratas tradicionales, además del abandono del estado de bienestar. Para ejemplificar este fenómeno solo hay que ir a las propias palabras de Melenchón, quien ya no habla de unificar izquierdas sino de crear un frente del pueblo. Entonces, para él la división izquierda-derecha ha quedado obsoleta o, como el discurso de luchas de clase, ha sido desplazado por el de pueblo contra élite. De igual forma, ha reivindicado el nacionalismo, la recuperación del estado de bienestar y, como se expuso, coincide con la Agrupación Nacional en su aversión a la Unión Europea y la OTAN, siendo un caso paradigmático de lo cercanos y difíciles de diferenciar que pueden ser los populismos en el eje izquierda-derecha.

Fundada el 10 de febrero de 2016, esta plataforma política tuvo su primera convocatoria en la plaza de Stalingrado, en París, el 5 de junio de 2016, en forma de un desfile en el cual habrían participado unas 10 000 personas, según los organizadores. Una segunda agrupación ocurrió en los jardines del Observatorio de Toulouse el 28 de agosto de 2016. Su base social incluye una gran parte de las clases medias educadas, estudiantes, intelectuales de izquierda y la clase trabajadora, siendo esta especialmente fuerte en las grandes ciudades como París. Actualmente, una alianza de izquierda agrupada a su alrededor es la principal fuerza de oposición y la segunda en el parlamento, mientras que la extrema derecha ocupa el tercer lugar. Gran parte del programa del partido incluye la transición energética, el derecho a la revocación de funcionarios elegidos por referéndum, una constituyente para fundar una Sexta República, la protección de los bienes comunes, y una profunda revisión de los tratados y las relaciones con la Unión Europea.

En las últimas elecciones presidenciales es donde mejor se ha visto el auge del populismo y las dimensiones que ha alcanzado en Francia. Los dos grandes partidos tradicionales, el Socialista y el Republicano, no juntaron entre ambos ni un 10 % del voto, lo que expuso el hundimiento y descrédito de las élites. Por otra parte, entre Melenchón, Le Pen y Eric Zemmour, este último representa una versión aún más radical de la derecha, obteniendo más del 50 % de los votos. La victoria de Macron fue debida sobre todo a un frente anti-Le Pen y los votos “prestados” especialmente por los seguidores de Melenchón. No obstante, no debe malinterpretarse como un freno o debilitamiento del fenómeno populista, sino todo lo contrario, ya que este incluso se ha ido fortaleciendo en parte gracias a la propia figura del presidente, que representa en sí mismo esa élite que tanta repulsa genera y que los populistas atacan constantemente. Los resultados de las últimas legislativas fueron una prueba.

Conclusiones

El populismo es un significante vacío en política que puede ser visto como una versión degradada de la democracia liberal, su esencia es la construcción de un discurso donde se divide la sociedad entre élite y pueblo, enfrentándolos por lo que puede construirse tanto desde la izquierda como desde la derecha. Bajo determinadas circunstancias puede convertirse en un estado de transición desde la democracia liberal hacia formas autocráticas de gobierno. El actual auge del populismo deja en evidencia la necesidad de un nuevo modelo y contrato social a nivel global, el cual sea más inclusivo y democrático, donde tengan voz todos, en especial aquellas masas de descontentos que engrosan sus filas.

 

Referencias

Canovan, M. (1981). Populism. Harcourt Brace Jovanovich.

Fernández Lira, C. (2016). En defensa del populismo. Editorial Catarata.

Finchelstein, F. (2017). Del fascismo al populismo. Universidad de California Press.

Gramsci, A. (2023). Cuadernos de la cárcel (tres volúmenes). Akal.

Laclau, E. (2016). Logiques de la construction politique et identités populaires. En J.-L. Laville & J. L. Coraggio (Dirs.), Les Gauches du XXI siècle. Un dialogue Nord-Sud. Le Bord de l’eau.

Rivero, Á., Zarzalejos, J. y Del Palacio, J. (Coords.). (2018). Geografía del populismo: Un viaje por el universo del populismo desde sus orígenes hasta Trump. Editorial Tecnos-Fundación FAES.

Rosanvallon, P. (2020). El siglo del populismo. Galaxia Gutenberg.

Zanatta, L. (2014). El populismo. Katz Ediciones.



[1] Profesora instructora de la Universidad de La Habana. Estudiante de la Maestría en Estudios Contemporáneos.

2Los populismos de izquierda y derecha aunque discrepan en elementos como su origen y los matices particulares de su discurso, en esencia terminan convergiendo en gran parte de su retórica, simbología y políticas, lo que hace, en ocasiones, muy difícil trazar una frontera clara.

3 Rey Chusma.

4 Antonio Gramsci, en sus Cuadernos de la cárcel 13 y 25 (2023), definió el bonapartismo como la manifestación burguesa del cesarismo, un liderazgo surgido en medio de una crisis política que se presenta como una alternativa regeneradora de la sociedad y fuente de estabilidad y seguridad.

5 Esto último ha sido denominado como populismo difuso.